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domingo, 24 de enero de 2010

"HAITÍ MIRA AL CIELO " ARTÍCULOS DE LA PERIODISTA CARMEN ARROYO




Ante la desgracia que golpea, como siempre, a los más desvalidos, nos sentimos llenos de dolor, y no podemos hacer preguntas que, difícilmente, hallarían respuesta. No cabe sino el esfuerzo de todos. No se conoce con exactitud la cifra de quienes han perdido la vida bajo los escombros. Pero otros muchos están en situación límite: la falta de alimentos y agua, las infecciones que pueden propagarse y la imposibilidad de recibir atención médica cuando las heridas no revisten tal gravedad que haga imprescindible el traslado a uno de los hospitales del país hermano. Y, en algunos casos los niños operados no tienen, por haberla perdido, una familia que calme su dolor. Los países se vuelcan en hacer llegar, generosamente, ayuda humanitaria pero ¿Como será posible coordinar material de todo tipo y, sobre todo, aunar esfuerzos entre personas que pertenecen a distintas misiones humanitarias que están allí rompiéndose el pecho? Poniendo el corazón a golpe de amor y sacrificio, y arriesgando sus vidas porque saben que el tiempo cuenta y que la salvación solamente llegará de sus manos. Todos ellos, bomberos, médicos, auxiliares, conductores,coordinadores,repartidores,soldados…son héroes anónimos cuyos nombres solamente conocen quienes, familiares y amigos, saben de su altruísmo. Haití mira al cielo pues ha oído que, a veces, los marines tiran paquetes de comida. Pero el cielo está vacío. Y, sin embargo, los milagros existen y ya son 90 las personas encontradas con vida entre los escombros, como la pequeña Carla, de dos años.

















Tiene que haber un tiempo para la esperanza y para la justicia. Quizá, después de esta catástrofe, los países ricos se decidan a cortar, de raíz, tanta diferencia que hace al débil, siempre, el receptor de todos los males.


 
 
 
Haití mira al cielo







CARMEN ARROYO


diariopalentino.es


CARMEN ARROYO


Ante la desgracia que golpea, como siempre, a los más desvalidos, nos sentimos llenos de dolor, y nos hacemos preguntas que, difícilmente, encuentran respuesta. No cabe sino el esfuerzo de todos. No se conoce con exactitud la cifra de quienes han perdido la vida bajo los escombros. Pero otros muchos están en situación límite por falta de alimentos y agua, las infecciones que pueden propagarse y la imposibilidad de recibir atención médica cuando las heridas no revisten la gravedad que haga imprescindible el traslado a uno de los hospitales del país hermano. Y, en algunos casos, los niños operados no tienen, por haberla perdido, una familia que calme su dolor. Los países se vuelcan en hacer llegar, generosamente, ayuda humanitaria, pero, ¿será posible coordinar material de todo tipo y organizar el trabajo de las personas que pertenecen a distintas misiones humanitarias y que están allí rompiéndose el pecho? Son seres valientes y sacrificados que arriesgan sus vidas porque saben que el tiempo cuenta y que la salvación solamente llegará de sus manos. Todos ellos: bomberos, médicos, auxiliares, conductores, coordinadores, repartidores, soldados… son héroes anónimos cuyos nombres solamente conocen quienes, familiares y amigos, saben de su altruismo. Haití mira al cielo pues ha oído que, a veces, los marines tiran paquetes de comida. Pero el cielo está vacío. Y, sin embargo, los milagros existen y ya son 90 las personas encontradas con vida entre los escombros, como la pequeña Carla, de dos años. Tiene que haber un tiempo para la esperanza y para la justicia. España, entre otros países, va a recibir a huérfanos haitianos que familias españolas quieren adoptar. Algún país ha prometido trabajo. Y otros se quedarán en el lugar hasta conseguir que la vida pueda restablecerse y siga su rutina normal. Son necesarios dinero, tiempo y, sobre todo, mano de obra cualificada. Y, además, se hace preciso mantener el orden para evitar rapiñas. La luz se abre paso entre las sombras. Un bombero, muy nuestro, coge en brazos a un niño al que acaba de rescatar y le acerca a su corazón mientras le tranquiliza con palabras llenas de amor. Su emoción recorre miles de kilómetros y nos llega como agua fresca después de la sequía. Bendito sea.