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lunes, 21 de junio de 2010

EL HOMBRE NUEVO O CAMBIAR AL HOMBRE Elías D. Galati ARGENTINE



Meditación de año nuevo.







En el Congreso Mundial de Poetas de Acapulco, en una conversación informal surgió el tema del cáncer, y le dije a mi querido amigo Ernesto Kahan que para entender el cáncer hay que ser canceroso, queriendo significar que entiende el cáncer aquél que lo padece o el que se pone en la piel del canceroso.






Esta reflexión es válida para entender la idea del hombre nuevo; porque el hombre actual no está bien así y necesita cambiar.






Para proyectar un cambio en el hombre, primero hay que conocerlo, luego comprenderlo y por fin reflexionar sobre el mismo.






Pero acaso lo conocemos? Podremos comprenderlo si no lo conocemos.






Para entender al hombre habría que tener sus vivencias, o ponerse en la piel del hombre.






Todas las vivencias no son iguales, y si bien las condiciones y el hombre en sí es uno, las contingencias de la vida son distintas.






Dicen los biólogos que si un organismo cualquiera levanta la cabeza y recibe un golpe cada vez que la levanta, a la tercera o cuarta vez no la levanta más.






Cuántos de estos condicionamientos tienen los hombres en particular, y cuántas diferencias hay entre ellos.






Que podemos pretender de un hombre que desde su más tierna infancia ha sido sometido, discriminado, abusado, quitado de sus derechos y sus dignidades, conminado a vivir miserablemente, viendo como a su alrededor otros progresan, viven bien y se enriquecen.






Que podemos pretender de un niño que ha crecido sin amor, sin auto estima, sin felicidad, y viviendo una situación familiar caótica y dramática.






Hemos tenido nosotros esas vivencias? Acaso nos ponemos en la piel de esos hombre y procuramos primero conocerlos y comprenderlos?






Vivimos un mundo competitivo y donde la globalización pretende la uniformidad. Que todos piensen iguales, que todos sientan iguales, porque hay recetas taxativas que indican que es lo mejor para todos los hombres, no importa el lugar, las tradiciones ni las condiciones.






Olvidamos el principio existencial de la bondad y del deber, que si todos hiciéramos lo que debemos no existirían problemas y el mundo seria bueno.






Olvidamos el principio psicológico que el hombre sólo se constituye como tal en la alteridad, en la aceptación del otro como su constituyente.






Olvidamos los principios popperianos, en toda relación hay que pensar primeros “quizás tú tengas razón” y “quizás ni tú ni yo tengamos razón”.






¿Somos capaces de ponernos en la piel de nuestros hermanos. Somos capaces de soportar las vicisitudes a las que están sometidos?






¿Queremos sinceramente compartir nuestros destinos en un plano de igualdad y de aceptación de las diferencias?






Creemos que tienen tanto derecho como nosotros a gozar de nuestro bienestar y que bien nosotros podríamos estar en su lugar?






Sólo el amor auténtico y real, hará un hombre nuevo, de un lado y del otro, de donde estemos nosotros y de donde estén los otros, porque si la vida no es un acto de amor no vale la pena vivirla.